Nomadland: no tengo casa pero sí tengo hogar

Nomadland (2020) es una emotiva película, escrita y dirigida por Chloé Zao, en la que una mujer que ronda los 60 años acondiciona su camioneta como un hogar para vivir en ella mientras viaja por distintas rutas de Estados Unidos.

Por Nicolás Bianchi

El punto de partida es la crisis económica de 2011 que provoca el cierre de una mina y su pueblo adyacente llamado Empire, en el estado de Nevada. Fern (Frances McDormand, en lo que es prácticamente un unipersonal), que previamente había enviudado, decide hacer algunas refacciones en su camioneta y emprender un viaje sin un destino final claro. Junta sus pertenencias, paga sus deudas y parte. Vivirá, como otros y otras, por los caminos del interior de Estados Unidos, a la sombra de las grandes ciudades.

En parte Nomadland es un relato sobre quienes están al margen del gran consumo, trabajadores golondrina que cubren puestos temporarios y mal pagados para poder comprar alimentos, gasolina y poco más. Entre una ronda como empacadora para Amazon y otra como freidora para una cadena de comida chatarra, Fern migra de lugar en lugar. No tengo casa pero sí tengo hogar, asegura orgullosa de lo que hizo con su vehículo.

La película también es el reflejo una elección. El estilo nómada es lo que Fern considera mejor para sí con las posibilidades que tiene. Ciertas incomodidades, como la falta de un baño o tener que limpiarlos para hacerse de algunos dólares, se pueden compensar con las compañías que surgen en el camino. Cuando Fern lo necesite contará con la solidaridad de Patty (Patricia Grier) y disfrutará y sufrirá por parte iguales el interés de Gay (Gay DeForest) en ella.

Nomadland no es la narración de una aventura ni de unas vacaciones sino de una necesidad. El mundo de Fern dejó de existir y transmutar es parte también de su duelo, aún irresuelto, lo que le marca una de sus fugaces compañías al señalarle que todavía lleva puesto su anillo de bodas. Un aire nostálgico y por momentos triste invade la pantalla. Zao balancea unos y otros momentos, los que pertenecen a un drama más duro y los que podrían integrar un relato más liviano.

También se valorizan los lazos de solidaridad entre los nómadas, que no se consideran a sí mismos vagabundos sino viajantes. En un Estados Unidos gris, con puestos de trabajo precarios en grandes empresas como Amazon, o con pequeñas ciudades en las que en los cines solo dan The Avengers, los pequeños campamentos en los que funciona el trueque y domina el silencio lucen vivaces. Más aún, necesarios para los que allí viven.

El film de Zao es austero como el estilo de vida de sus personajes. Incorpora un piano de fondo para resaltar el aire melancólico de ciertos pasajes y encuentra belleza en los distintos parajes (desiertos, montañas, cañones) por los que Fern viaja. En Nomadland el final es también el principio porque con apenas unos minutos del excelente cine del que es capaz la directora alcanza para comprender el sentir de Fern en su viaje constante, que cuando termina vuelve a comenzar como la redondez del anillo que todavía viste.